Carta abierta a los padres treintañeros

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Los veo en el supermercado, los veo en el parque, quizás los veo dejar los niños en el colegio, o también en el metro. A veces también nos vemos  e intercambiamos sonrisas fugaces. Otras veces no me ven porque están persiguiendo a su hijo por los pasillos del supermercado, vigilándolos que no vaya a subir muy alto en los columpios, o quizás regañándole por haber golpeado a su hermano.

Queridos padres treintañeros:

Hace unos días me encontraba en una piscina pública, me he dado cuenta de que si hay una metáfora de lo que es la vida para una madre treintañera. Ahí estamos: somos estereotipos que juramos que nunca íbamos a ser, con el agua por debajo de las rodillas, tenemos los ojos fijos en los pequeños y sus maravillosas payasadas.

Es posible que hayamos ido a la piscina en grupo o quizá en pareja, nuestras conversaciones van por fascículos, además no podemos relajarnos ni un momento. Es porque nuestra concentración esta con los hijos, quizás nos encontramos cansados, o estamos distraídos. Nuestro cuerpo enfundado en el bañador, está marcado por las heridas de guerra y ya nada es lo que solía ser.

No tan lejos se encuentran los exultantes veinteañeros, ellos están hablando con sus amigos, o quizá ojeando una revista, revisando sus cuentas de Facebook, o tomando selfies con sus móviles, están descansados, tonificados, sin tantas preocupaciones. Son completamente ajenos a lo que les espera en el futuro, ni siquiera se dan cuenta de las personas que tienen a su alrededor  y si es el caso que lo hacen, se prometen ellos mismo a no ser como los treintañeros que están al frente.

Esto es de poca importancia, todos hemos pasado por eso, sabemos que todo marcha demasiado bien, así que evitamos el lugar de ofendernos por ese asunto.

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