Mi perro no es mi hijo, pero yo, si soy su madre: una reflexión que debes leer

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Seguro que con la siguiente reflexión se sentirán identificados más de uno que tenga una mascota. En ocasiones, las personas tratan a los perros como si fuesen sus propios hijos. Y aunque esto no es cuestionable, hay quienes opinan como este pensamiento reflexivo.

Mi perro es mi perro

Una frase un tanto obvia dirán algunos, pero cierta. La carta titulada “mi perro no es mi hijo”, deja claro que existe una marcada diferencia en este hecho. Por ejemplo, no se puede comparar a un perro con un hijo.

Primero, los hijos a diferencia de los perros crecerán y se marcharán. Los perros no están capacitados para cuidar de un padre anciano, pero los hijos sí. La autosuficiencia de un perro es limitada, por lo que siempre necesitarán de alguien que los alimente.

Claramente los perros no pueden hablar, ni emitir juicios y tomar decisiones a conciencia. No mostrarán al crecer rasgos físicos parecidos a sus dueños. Y lastimosamente, envejecerá y será el humano quien lo vea morir. En cambio, la ley de la vida asegura que los padres morirán primero que sus hijos. ¿Todo esto quiere decir que no son dignos de cariño? Ni mucho menos.

Soy la madre de mi perro

Cuando un humano decide tomar consigo a un perro, se convierte en el líder de su manada. Entonces, pasa a ser algo como una verdadera madre para este. No es un dueño, como muchos creen pensar. Porque los dueños no sienten amor por sus esclavos.

Tener un perro o ser la madre de este implica mucho más que darles de comer. Gracias al cariño maternal de un humano, el perro puede conseguir una vida feliz y plena. Para los perros, el humano que los acompaña significa todo, tal como la conexión entre madres-hijos.

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